Investigación y opinión | Religión, ideología y poder
¿Puede el autoritarismo entrar a una sociedad vestido de religión, hablando de Dios, defendiendo supuestos valores morales y presentándose como el salvador de una nación?
La historia demuestra que los movimientos autoritarios pueden utilizar símbolos religiosos, alianzas con líderes espirituales y discursos morales para conseguir legitimidad social. Colombia no está al margen de este debate. La relación entre sectores evangélicos, campañas electorales y proyectos políticos conservadores plantea interrogantes sobre los límites entre la libertad religiosa y la instrumentalización de la fe.
Cuando la obediencia a Dios se confunde con la obediencia política
En torno a la Misión Carismática Internacional y al modelo G12 del pastor César Castellanos, resulta pertinente examinar cómo se relacionan el liderazgo espiritual, la movilización electoral y las posiciones políticas de sus representantes.
El problema no es que una iglesia tenga ideas conservadoras ni que sus miembros participen en elecciones. El problema aparece cuando la autoridad religiosa se utiliza para presentar una candidatura como elegida por Dios, convertir la discrepancia política en una supuesta falta de fe o hacer creer que cuestionar a determinado dirigente equivale a enfrentarse a la voluntad divina.
Cuando eso ocurre, la discusión política deja de desarrollarse en condiciones de libertad y empieza a someterse a una autoridad espiritual que no debería sustituir el criterio individual.
El rostro religioso del autoritarismo
El fascismo histórico no fue simplemente una ideología conservadora que siempre está asociado con el ultranacionalismo, el culto al líder, la persecución de adversarios y la subordinación de las instituciones a un proyecto autoritario. En determinados contextos, movimientos de este tipo buscaron legitimidad mediante alianzas con sectores religiosos.
En la política contemporánea, el concepto de «fascismo camuflado en la fe» puede servir como una advertencia crítica cuando el lenguaje religioso se utiliza para justificar la concentración del poder, estigmatizar a las minorías, desacreditar a la oposición o restringir derechos en nombre de una supuesta superioridad moral.
Pero hay una distinción indispensable, no todo conservadurismo es fascismo, no toda iglesia que participa en política es autoritaria y no todo creyente que respalda a un candidato comparte un proyecto antidemocrático. Lo que debe investigarse son los discursos, las alianzas, las decisiones y sus consecuencias.
¿Feligreses o los bobos útiles de una estrategia electoral?
Una pregunta incómoda merece respuesta; ¿Qué ocurre cuando una persona deposita tanta confianza en su pastor que termina aceptando sus recomendaciones políticas sin examinarlas críticamente?
Los creyentes tienen el mismo derecho que cualquier ciudadano a participar en política. Sin embargo, ese derecho no debería convertirse en una oportunidad para explotar la confianza espiritual, ejercer presiones sobre las comunidades o presentar a los adversarios políticos como enemigos de Dios.
El escrutinio debe dirigirse especialmente a los dirigentes que cuentan con plataformas de gran alcance, acceso a comunidades numerosas y capacidad de influir en el debate público.
En el caso del G12 de la iglesia carismatica Internacional y la iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional donde existe una estrecha relación histórica, doctrinal; por otro lado, la investigación periodística debe establecer qué han dicho sus dirigentes, qué candidaturas han respaldado, qué propuestas defienden y si existen pruebas de presiones o de utilización de la autoridad religiosa con fines electorales.
LA IGLESIA DE DIOS MINISTERIAL Y EL MIRA: ¿LIBERTAD RELIGIOSA O PODER IDEOLÓGICO?
El análisis del llamado fascismo camuflado en la fe no puede limitarse a la Misión Carismática Internacional de César Castellanos. También debe examinar la relación histórica entre la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional (IDMJI) y el partido político MIRA, una relación que ha sido objeto de investigaciones académicas en Colombia.
Un estudio de la Universidad del Cauca sobre Popayán, correspondiente al periodo 2000-2011, examinó cómo los valores y principios religiosos de esta congregación se trasladaron al proyecto político del MIRA. Otra investigación académica, publicada en la revista Grafías, analizó la articulación entre las convicciones religiosas de los feligreses y sus posiciones políticas.
La libertad religiosa como bandera política
Hay un hecho verificable que merece atención, el propio MIRA reconoce en su portal oficial que es un partido de origen cristiano, constituido en 2000, y que creó una Delegación Nacional Ideológica (DNI) encargada de liderar procesos relacionados con la libertad religiosa y de articularlos con sus representantes políticos.
La pregunta crítica es legítima – ¿Hasta qué punto la defensa de la libertad religiosa constituye una política pública para proteger a todas las personas, independientemente de sus creencias, y hasta qué punto también funciona como una bandera de identidad y articulación política para una organización vinculada históricamente a una congregación religiosa?
No se trata de cuestionar el derecho del MIRA a defender la libertad de culto. Ese derecho está protegido por la Constitución. Se trata de exigir que esa defensa sea universal, transparente y compatible con la autonomía de los ciudadanos, incluidos quienes no pertenecen a la iglesia.
Cuando la autoridad espiritual se convierte en influencia política
La cuestión más delicada aparece cuando la autoridad de los líderes religiosos puede influir en las decisiones electorales de sus comunidades. Las investigaciones académicas sobre la IDMJI y el MIRA han examinado precisamente los mecanismos mediante los cuales las creencias religiosas, la identidad colectiva y las prácticas políticas pueden reforzarse mutuamente.
Esto abre una discusión sobre la autonomía del voto; ¿los integrantes de una congregación deciden a partir de una evaluación independiente de los programas políticos o sus convicciones electorales están fuertemente condicionadas por las orientaciones de su entorno religioso?
No se puede concluir, sin pruebas individuales y concretas, que todos los miembros estén manipulados. Pero sí es razonable investigar si existen presiones, instrucciones electorales, conflictos de interés o mecanismos de obediencia que limiten la libertad de decisión de los feligreses.
¿Dónde entra el debate sobre el fascismo?
El concepto de fascismo debe utilizarse con rigor. La relación entre una iglesia y un partido político no demuestra, por sí sola, que exista fascismo. Para sostener esa tesis sería necesario identificar elementos verificables como el culto político al líder, la deslegitimación sistemática de la oposición, el rechazo del pluralismo, la justificación de la persecución de adversarios o el intento de subordinar los derechos de toda la sociedad a una doctrina excluyente.
La crítica de fondo es otra – cuando la fe se transforma en una herramienta de disciplina política, la libertad de conciencia corre el riesgo de quedar subordinada a la autoridad de quienes interpretan esa fe.
Si una organización defiende la libertad religiosa, debe defender también la libertad de sus propios integrantes para votar de manera autónoma, disentir de sus dirigentes y cuestionar cualquier alianza política sin temor a represalias espirituales o comunitarias.
Porque la libertad religiosa no puede significar libertad para que los dirigentes influyan sin escrutinio sobre sus comunidades. Debe significar, ante todo, libertad para creer, no creer, disentir y decidir.
La pregunta que debe quedar abierta para la investigación es esta, cuando la religión y la política comparten estructuras, liderazgos y objetivos, ¿cómo garantizar que la fe no se convierta en un instrumento de poder ideológico sobre la conciencia ciudadana?
Dios no debería convertirse en una franquicia del poder
La democracia no exige que los ciudadanos abandonen sus creencias religiosas. Exige que ninguna creencia sea utilizada para anular los derechos de quienes piensan distinto.
Cuando una organización presenta sus preferencias políticas como mandatos incuestionables de Dios, el debate deja de ser exclusivamente religioso se convierte en un asunto de interés público.
Porque el verdadero peligro no consiste en que una persona rece antes de votar. Consiste en que alguien le haga creer que no tiene derecho a decidir por sí misma.
La fe puede inspirar solidaridad, justicia y defensa de los más vulnerables. Pero cuando se utiliza para blindar dirigentes, justificar la exclusión o legitimar el autoritarismo, deja de ser únicamente una cuestión de conciencia y se convierte en un instrumento de poder.
La pregunta final es inevitable – ¿estamos ante una expresión legítima de la libertad religiosa o, en determinados casos, ante una estrategia para revestir de legitimidad moral proyectos políticos que merecen un escrutinio democrático mucho más riguroso?.
EDITORIAL GIRÓN
