Por: Editorial Girón | Columna de opinión

En Colombia parece que hemos encontrado al influencer perfecto para dominar las redes sociales, protagonizar titulares y convertir cada declaración en un espectáculo político. El problema es que el país no eligió solamente a un creador de contenido se eligió a un presidente. Y entre conseguir reproducciones y gobernar una nación existe una diferencia enorme.

Abelardo de la Espriella entiende el poder de la imagen. Sabe que una fotografía impactante, una frase contundente y un video bien producido pueden recorrer el país en cuestión de minutos. En la política contemporánea, la comunicación es una herramienta poderosa, y sería ingenuo desconocer su importancia. Pero también sería un error confundir la capacidad de comunicar con la capacidad de gobernar.

Porque una cosa es ser tendencia y otra muy distinta es producir resultados.

El presidente puede aparecer en las pantallas, convertirse en protagonista de las conversaciones digitales y mantener su nombre circulando permanentemente. Sin embargo, la pregunta que debe hacerse la ciudadanía es mucho más sencilla; ¿qué cambia realmente en la vida de los colombianos?

La seguridad no se mide por la espectacularidad de una fotografía. Se mide por la capacidad de prevenir delitos, proteger a las comunidades y garantizar que los ciudadanos puedan salir de sus casas sin miedo. La economía no mejora porque un discurso se vuelva viral. Mejora cuando existen oportunidades de empleo, estabilidad, inversión productiva y condiciones dignas para las familias. Y la salud no se resuelve con anuncios, se resuelve cuando los pacientes reciben sus medicamentos, consiguen una cita y encuentran atención oportuna.

El Gobierno no puede convertirse en un reality permanente

Las redes sociales se han convertido en una vitrina indispensable para cualquier gobernante. Informar sobre las decisiones del Ejecutivo es legítimo y necesario. El problema aparece cuando la comunicación termina ocupando el lugar de la gestión, cuando el personaje parece más importante que la institución y cuando cada acontecimiento se convierte en una oportunidad para alimentar la imagen presidencial.

Gobernar no consiste en ganar todas las discusiones de internet. Tampoco consiste en responder a cada crítica con una nueva publicación o en mantener a los seguidores entretenidos con una narrativa permanente de héroes y enemigos.

Gobernar implica tomar decisiones difíciles, explicar sus consecuencias, rendir cuentas y asumir responsabilidades cuando las cosas no salen bien. También exige escuchar a quienes no están de acuerdo, porque la Presidencia pertenece a todos los colombianos, no solamente a quienes aplauden al mandatario.

¿Y las redes de apoyo digital?

En medio de este escenario también merece atención la discusión sobre las cuentas coordinadas y la amplificación de mensajes políticos en las plataformas digitales. Las investigaciones periodísticas sobre este fenómeno plantean preguntas legítimas acerca de la autenticidad de ciertas interacciones y de los mecanismos utilizados para posicionar narrativas favorables a los dirigentes.

Pero hay que ser rigurosos una publicación viral, miles de reacciones o una multitud de comentarios similares no demuestran por sí solos que exista una granja de bots. Para establecerlo se necesitan análisis técnicos, patrones verificables y pruebas sobre la coordinación de las cuentas.

Si se comprobara que alguna estructura organizada utiliza perfiles falsos para fabricar una apariencia artificial de respaldo ciudadano, el país tendría derecho a conocer quién la financia, quién la administra y con qué propósito. Ningún gobernante debería necesitar una popularidad artificial para sostener su legitimidad.

La credibilidad de un presidente no puede depender de cuántas veces se comparte una fotografía, sino de la confianza que sus decisiones sean capaces de construir.

Colombia necesita un presidente, no solamente un influencer

La crítica no consiste en exigir que un presidente desaparezca de las redes sociales. La comunicación directa puede acercar al Gobierno con la ciudadanía y facilitar el acceso a la información pública. Lo que debe exigirse es equilibrio menos dependencia del espectáculo y más evidencia de resultados.

Al país le interesa saber qué ocurre con la seguridad, cuánto avanzan las promesas de campaña, qué medidas se adoptan para aliviar el costo de vida, cómo se fortalece el sistema de salud y cuáles son las soluciones concretas para las regiones que llevan décadas esperando respuestas.

También necesita instituciones que funcionen, ministros que respondan por sus sectores y políticas públicas que puedan evaluarse con cifras, plazos y resultados verificables.

El presidente tiene derecho a comunicar sus logros, pero los ciudadanos tienen el mismo derecho a cuestionarlos. La rendición de cuentas no puede convertirse en una competencia de popularidad ni la crítica pública debe confundirse automáticamente con enemistad política.

Al final, las redes sociales pueden construir una imagen, pero no pueden reemplazar la realidad. Un video puede emocionar, una frase puede entusiasmar y una publicación puede acumular millones de visualizaciones. Ninguna de esas cosas, por sí sola, demuestra que un gobierno esté cumpliendo con su deber.

Porque Colombia no necesita únicamente un presidente que sepa llamar la atención. Necesita uno cuyos resultados llamen la atención por las razones correctas.

Y esa es la diferencia fundamental entre ser el mejor influencer y ejercer una buena Presidencia; al primero se le mide por la audiencia; al segundo, por sus responsabilidades y resultados.

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