Columna de Opinión

El atentado en el Cauca no solo dejó víctimas y destrucción; dejó al descubierto algo igual de grave, la rapidez con la que ciertos sectores de la derecha vuelven a lucrarse políticamente del miedo. No pasa ni un día antes de que reaparezca el mismo libreto gastado, el mismo eslogan reciclado, la misma promesa inflada: la “seguridad democrática”, vendida otra vez como si hubiera sido una solución real y no una ficción a medias.

Porque hay que decirlo sin rodeos, esa seguridad que hoy intentan revivir nunca existió para millones de colombianos. Fue, en el mejor de los casos, una burbuja urbana que permitió a algunos sentirse más tranquilos mientras en regiones como el Cauca la violencia simplemente cambiaba de rostro. Guerrillas, disidencias, narcotráfico, economías ilegales todo siguió ahí, mutando, adaptándose, sobreviviendo a un modelo que jamás logró desmantelar las raíces del conflicto.

Lo que sí fue efectiva esa narrativa fue como herramienta política. Funcionó para consolidar poder, para instalar la idea de que la única salida era la fuerza, para reducir un problema histórico a un eslogan fácil de vender en campaña. Y hoy, ante cada atentado, el guion se repite sin el menor pudor; más militarización, más mano dura, más promesas que ya fracasaron.

El Cauca es la evidencia incómoda que desmonta ese discurso. Es el recordatorio permanente de que la “seguridad democrática” nunca fue democrática ni universal. Allí no hubo Estado sólido, ni inversión suficiente, ni transformación estructural. Hubo, en cambio, abandono, respuestas fragmentadas y una paz que jamás llegó.

Pero el oportunismo político no tiene memoria. Se alimenta del miedo inmediato, de la indignación legítima de la gente, para vender soluciones simplistas. Se explota el dolor de las víctimas para posicionar discursos que evitan cualquier autocrítica. Nadie responde por lo que no funcionó. Nadie explica por qué, si esa seguridad fue tan efectiva, hoy seguimos contando atentados.

La realidad es más incómoda de lo que quieren admitir; Colombia no necesita regresar a un modelo fallido, necesita superar de una vez por todas la política del engaño. La seguridad no puede seguir siendo una mercancía electoral que se activa cada vez que estalla una bomba. No puede seguir siendo un discurso vacío que ignora las causas profundas de la violencia.

El país merece algo distinto. Merece honestidad. Merece que se diga la verdad, que no existe solución rápida, que la seguridad real exige Estado, inversión, justicia y presencia permanente del Gobierno, no solo despliegues militares temporales ni promesas de campaña.

Seguir vendiendo la “seguridad democrática” en pleno 2026 no es solo cinismo. Es una forma de irresponsabilidad política que perpetúa el problema mientras simula resolverlo.

AUTOR: FREDY LEAL

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